Cura de fin de semana

16 Jul Cura de fin de semana

“Traigan curas”-nos advierten. “¿Tan grave es?”-preguntamos. Ellos sonríen cuando solventan el equívoco. Aquí las “curas” es como se llama a las “tiritas”. Lo cierto es que no era para darles un último adiós pero sí estaban bastante graves. Hoy estuvimos acompañando a curar enfermos en las afueras de Ocotal y con esta entrada os queremos mostrar no tanto lo que hacemos aquí sino unas postales del día a día.

El día amaneció con una buena noticia. Tendremos agua durante todo el fin de semana. Al principio, desde nuestra perspectiva de europeos acomodados puede parecer chocante; sin embargo uno se acostumbra enseguida a llenar el enorme barreño para el día siguiente y a las duchas a cubazos helados. Es así: sólo se tiene agua tres días a la semana.
Cruzamos Ocotal de punta a punta y llegamos más allá de la Panamericana. El paisaje es un espejo de la vida interior de sus habitantes: la anárquica distribución de casas, la mezcla entre lo rural y la modernidad de periferia: un vendedor callejero con gorra y camisa de jornalero pone a la venta unas películas que todavía no se han estrenado en EEUU; el sol cae casi vertical sobre nuestras cabezas y proyecta una sombra que apenas sobrepasa nuestros pies.

 

 

La escalera de neumáticos que veis en la primera foto nos conduce a la periferia de Ocotal. En la casa que podéis ver en la segunda foto vive en M.I., una señora de 76 años, piel morena y ajada y ojos muy vivos. Hemos venido a curarle la herida de la pierna. Una picadura de zancudo le ha supuesto una herida que ir curando a lo largo de casi veinte años. Nos pregunta mucho y sonríe a menudo. Está contenta de que la vengan a ver.
 
 
La señora C. es otra historia. Entramos y nos presenta a su familia. Tres generaciones. Su hija M. trae a los pequeños nietos J. y T. Los nombres son americanos. Uno de ellos, el más pequeño tiene nombre de presidente. Al poco de hablar con el adolescente, nos trae una bandera gigante del F.C. Barcelona muy emocionado. Curamos a C. y jugamos un rato con los chiquillos. La casa es bien humilde, la cocina es un fogón en lo alto de una roca. Lo encienden con los papeles de un diario de finales de la década del dos mil. A pesar de las carencias, lo poco que tienen, lo comparten: nos regalan un arroz con leche.

La última cura tiene lugar en una casa con un loro y un gato increíblemente flaco. La señora M. tiene noventa y tres años. No recuerda nada de ayer, pero sonríe cuando le damos un beso para saludarla. Su vida es un bucle temporal. Ya no sabe qué pasa pero juega con sus nietos, reza al gigantesco póster que preside su cama y acaricia, cuando se deja, al gato que mencionábamos al principio.

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