Viajando con Tales

29 Aug Viajando con Tales

Nos encontrábamos en medio de uno de nuestros interminables viajes en autobús. Ya estábamos de camino a Managua donde tomaríamos el avión de regreso a casa, pero un trayecto en bus en Nicaragua siempre guarda alguna sorpresa.

Después de un mes, ya estábamos acostumbrados a los vendedores de pollo y tajadas que al grito de “pollo, pollo, pollo” , “la gaseosa a 10,a 10 la gaseosa” o “riquísimo el jugo, a 5, buenísimo” asaltaban el vehículo en cada una de las infinitas paradas en medio del camino. Tampoco nos sorprendía ya que la frase “donde caben dos, caben tres” no era aquí un eslogan publicitario de IKEA sino una excusa más para apiñar a los viajantes en las condiciones menos cómodas posibles pero sin duda más lucrativas para el dueño del autobús. Es más, los curanderos o mensajeros divinos de turno que anunciaban sus extravagantes productos sin rubor ya eran compañeros habituales de carretera.
Lo que nunca esperábamos era que un de los viajeros, que respondía al nombre de E., tras interesarse sobre a qué nos dedicábamos y conocer que éramos profesores, preguntara a uno de nosotros; “¿Y usted de trigonometría cómo va? Es que tengo un problema que me gustaría resolver…”
Ocurría que E. necesitaba conocer la altura de un depósito de agua de su finca, pero no alcanzaba a hacerlo con el metro ni de ninguna otra manera. Recordaba de sus días en la escuela que había alguna manera, pero “le faltaban datos” y aunque había mirado algún libro no sabía responder a la pregunta que tanto le inquietaba.
Así pues, nos pusimos manos a la obra e intentamos, entre bache y bache de la carretera, explicar a nuestro nuevo amigo como aplicar el Teorema de Tales a esta situación, de tal forma que utilizando su propia altura, la medida de su sombra así como la del depósito alineadas a una hora determinada del día podría, mediante unos sencillos cálculos, estimar la altura del depósito que tanto se le resistía.
E. pidió una repetición de la explicación para “retenerlo” y tras esto nos pidió que le “regaláramos” la hoja en la que habíamos garabateado con pésimo pulso la solución a su problema. Su cara era una mezcla de satisfacción, agradecimiento y la alegría que sólo da el aprender y comprender algo nuevo.
Y es que resulta que, al final, tal y como intentamos convencer a nuestros alumnos españoles, en ocasiones sin demasiado éxito, las matemáticas sí sirven para algo en la vida real.
admin
daukaia@gmail.com
No Comments

Post A Comment